A medida que el arma describía círculos sobre la mesa, Wade seguía con la vista fija sobre ella. La trayectoria nunca variaba, por mucho que su dueño siguiera impulsándola con su mano y sin importar la fuerza con que lo hiciera. El arma siempre repetía la anterior trayectoria: un círculo perfecto.
Mientras se adentraba en sus pensamientos cerró los ojos para sumergirse en la perfecta oscuridad, tan solo acompañado por el zumbido incesante y monótono que producía el arma girando sobre la madera de la mesa.
Fruto de la frustración ante la enorme ironía de su situación, soltó un golpe sobre la mesa mientras gritaba el enésimo improperio. Su arma salió despedida fuera de la mesa y se quedo en el suelo, inerte. Ya no giraba.
La solución a sus problemas llegó de una manera tan clara y obvia que no podía creer que no se le ocurriera antes. Sin duda alguna cualquiera necesitaría una gran dosis de agallas para llevarla a cabo, pero en el caso de Wade era más bien lo contrario, significaba dejar de ser valiente.
-Veo que al final lo has entendido.
Aunque sabía que no debía hacerlo, no pudo evitar abrir los ojos para verla una última vez. Estaba tan radiante como la recordaba, con ese largo vestido de baile azul y el pelo recogido. Su presencia allí desafiaba la lógica pero era una última visión digna al fin y al cabo.
Desgraciadamente Wade sintió un escalofrió cuando pudo distinguir su expresión. La muy puta se estaba riendo, Kat nunca haría algo así. Nunca tuvo la menor esperanza de que fuera ella, era imposible, pero no pudo evitar sentir cierta desilusión.
