miércoles, 28 de enero de 2009

El Negociador Agresivo I

Ryll se secó el sudor de su frente una vez más, a duras penas sosteniendo su rifle. Hoy la guardia se estaba haciendo mucho más larga de lo habitual y normalmente ya se hacía eterna. Apenas llegaba gente a pie a Bahía Botín, la mayoría de viajeros lo hacían en barco y los pocos que usaban la puerta de Ryll eran los mismos comerciantes de cada semana llevándose provisiones para la Horda o la Alianza.

Ryll no se unió a los pacificadores de la ciudad para permanecer todo el día en la puerta, esperando si algún raptor asomaba la cabeza para asustarle de un disparo. En realidad llego como tantos otros esperando montar su propio taller de ingeniería y fabricar los mejores rifles que un goblin hiciera jamás.

Las circunstancias que llevaron al goblin de comerciante con una fortuna personal modesta a guardián de la puerta trasera eran recuerdos molestos para Ryll, tal y como solía explicarlo, solo fue un desafortunado incidente con un prototipo de rifle anti-dragones.

Mientras seguía tratando de entender que falló exactamente, una figura apareció demasiado cerca del goblin. Este no pudo evitar sobresaltarse ante tan repentina intromisión y encañono con su arma al siniestro personaje mientras retiraba el seguro .

-Alto ahí!–

El extraño se paró en seco. Parecía haberse congelado al lado del guardia mientras trataba de acceder a la ciudad. Llevaba una capa de viajero que le cubría por completo y había algo que provocaba tensión a su alrededor. Ryll era incapaz de identificar de que se trataba, quizás fuera algún artefacto extraño de entre tantos que se veían en manos de aventureros pero al goblin no le gustaba, nada en absoluto.

Viendo que el desconocido no tenía ninguna intención de articular palabra, el guardia decidió preguntar al poco elocuente intruso.

-Que negocios te traen a Bahía Botín?-

En los pocos segundos que tardó en contestar, Ryll estuvo a punto de perder la compostura y llamar refuerzos. Definitivamente había algo antinatural en él.
-Soy un caza recompensas, debo ver al Barón-

El goblin tardo algunos instantes en darse cuenta de que sus temores eran absurdos y que cualquier estupidez dentro de los muros de la ciudad no pasaría de anécdota con la cantidad de pacificadores que vigilaban cada esquina. Deseando perder de vista al extraño lo antes posible, Ryll golpeo la puerta en la secuencia correcta para que el guardia de su interior activara el mecanismo que la abría.

El Barón un personaje conocido y no le faltaban enemigos, ni dinero para asegurarse que no se convertían en una molestia, ya fuera por las buena o por las malas. Eran muchos los aventureros que llegaban deseando poner su vida en riesgo por algo más que un ideal o patriotismo. Para los goblins el valor más elevado era el dinero y aparentemente muchos individuos de otras razas compartían esa visión.


Probablemente Bahía Botín no era la ciudad más grande del mundo, ni tampoco la más bella, pero nadie osaría negar que era la más animada. Prácticamente la totalidad del asentamiento se hallaba sobre un enorme muelle que aparte de ser un perfecto amarre para los interminables barcos mercantiles y de transporte que llegaban cada día, llenaba de vida sus calles con un comercio intenso y la enérgica charla que mantenían aventureros de variopinta procedencia.

A medida que el extranjero contemplaba la ciudad, uno a uno los recuerdos de sus muchos viajes volvían a su memoria. Envidió a los aventureros y su entusiasmo, aunque sabía que tarde o temprano la cruda realidad les haría abandonar sus sueños, eso si eran lo suficientemente hábiles como para no morir antes.

No todos los habitantes eran comerciantes o aventureros, el extranjero pudo distinguir aproximadamente varias tripulaciones de piratas mientras recorría el asentamiento. La discreción no era un talento demasiado propio de los hombres de mar pero en principio no iban a ser un problema.

Rápidamente recordó donde encontrar al Barón, la Taberna del Marinero Salado. Fue simple encontrar el sitio, no habían mas locales que estuvieran construidos en el casco de un barco, al menos no fuera del agua, un toque muy propio de los Goblins.
El extranjero despertó el interés de la mayoría de los clientes de la taberna con su entrada, pues no todo el mundo era bienvenido en su interior. Sin importarle lo más mínimo, se dirigió al piso superior donde esperaba encontrar al Barón.
Sentado en una amplia mesa encontró al goblin, el único de toda la ciudad cuyas vestimentas podían valer más que un barco o dos. Estaba discutiendo enérgicamente con un tauren curiosamente vestido de marinero. El extranjero le identifico como el líder de la flota del Barón.

-Revilgaz-

El goblin levantó la vista impactado, pocos osaban llamarle sin solicitar una audiencia, menos aun sin dirigirse a el por su título. Si no fuera por los dos guardaespaldas que tenían al extraño encapuchado encañonado se hubiera asustado.

-Menuda demostración de agallas ¿Algo que decir antes de salir de mi ciudad a patadas?-

La tensión podía palparse en el aire de una manera mucho más literal de lo que solía ser en la taberna, y eso es decir mucho si se trata de un antro de marineros. Al silencio sepulcral y la atenta mirada de los presentes se sumaba la inquietante presencia del encapuchado y su desafortunado habito de reaccionar tarde.

No obstante, no llego a pronunciar una réplica, se limito a arrojar una cabeza humana sobre la mesa. Ambos el Barón y el tauren se levantaron estrepitosamente con cara de incredulidad mientras los guardaespaldas esperaban una indicación de su líder para abrir fuego. El extranjero permaneció totalmente impasible.

-Es la maldita cabeza de Firallon!-

La taberna entera entro en un frenesí de celebración dando paso a brindis y canticos en honor del extranjero. Ni siquiera le dieron importancia al hecho de que este no moviera un solo dedo, aunque fuera para alardear de su proeza.

El Barón no salía de su asombro mientras sostenía la cabeza. El jefe de flota Firallon era el líder de la siniestra banda de piratas que amenazaba con atacar Bahía Botín desde hacía demasiado tiempo. El goblin no podía dar crédito a lo oportuno que era este acontecimiento, sabía que el sangriento pirata le quería muerto pero por una ironía del destino era su cabeza la que rodó antes.

-Creo que te acabas de ganar la gratitud y la amistad del Barón-

El goblin le extendió la mano en señal de aprobación.

-Quiero mi dinero-

Habitualmente esto hubiera sido suficiente para ganarse una paliza, pero Revilgaz estaba de demasiado buen humor como para enfadarse, simplemente le indico al desconocido que le siguiera con un gesto de cabeza.

El extraño accedió a ser registrado pero se negó a quitarse su capa de viaje. Tras comprobar que no llevaba encima arma alguna, el Barón le invitó a su camarote privado cerrando la puerta en las narices de sus guardaespaldas. Solo les contrató por temor a que Firallon intentara algo y a juzgar por la expresión sorprendida de su cabeza no parecía muy probable que intentara nada hostil contra el goblin.

-Tengo que pensar donde voy a ponerla, sujétala un momento-

Como si de un balón se tratara, el forastero recogió el trofeo al vuelo mientras el goblin usaba la llave de su colgante para abrir un enorme baúl. Sin pensárselo dos veces y aprovechando que no le veía, hundió los dedos en los ojos de la cabeza y esta se convirtió un una niebla espesa violeta que rápidamente tomó la forma de una daga sin producir ruido alguno.

Sin ser consciente aún del inminente peligro, Revilgaz se giró para recibir un puntapié en sus cortas piernas y caer boca arriba totalmente sorprendido. El golpe perfectamente calculado hizo que el pequeño Barón aterrizara sobre su gruesa alfombra que amortiguó perfectamente el ruido de su caída. Tan solo tuvo tiempo de abrir los ojos para ver el filo de la daga del extranjero parado sobre su ojo, una visión que le dejo completamente helado de terror.

-Firallon te manda recuerdos-

miércoles, 7 de enero de 2009

En Tierra Hostil III

Los Señores de las Bestias son bien conocidos por todo Azeroth por su capacidad para entablar vínculos profundos con seres primitivos a menudo considerados no inteligentes.
Para ello consiguen una comunión con el reino animal que puede incluso sobrepasar la que desarrolla un Druida con la naturaleza o un Shaman con los elementos.

No obstante, sus habilidades no se limitan tan solo a poseer compañeros animales, sino que sus propios sentidos e instintos también son más cercanos a los de lo salvaje. Estos rasgos hacen posible que también sean conocidos por su capacidad de rastrear, orientarse y en definitiva sobrevivir en los entornos más hostiles.

Cuando Thrall, el Señor de los Clanes de la Horda, consulto con los espíritus sobre el destino de los hombres que envío a la peligrosa expedición a Rasganorte con una misión tan vital como peligrosa, estos le respondieron, de manera sutil y ambigua (pues cuando se trata de los espíritus siempre es así) del inminente peligro.

Tras horas de deliberación, decidió confiar en alguien que había demostrado múltiples veces su lealtad y además estaba mas que capacitado para operar en terreno hostil. Su preferencia para el viaje en solitario también era un punto a favor. El hijo de Durotan podía oír en la distancia los tambores de la guerra y no había efectivos suficientes para perder en otra misión de rescate.

Localizar a Rexxar fue complicado, incluso recurriendo a técnicas de adivinación y enviando a los más rápidos emisarios. No obstante, no dudo en abandonar el exilio para aceptar el cometido que le encargo el sabio orco. Amigo no es un termino que Thrall use con ligereza, pero en el caso del Mok’Nathal no había duda alguna.



Esa misma amistad y respeto son la armadura con que Rexxar refuerza su temple cuando el viento gélido lo hostiga sin descanso. El temporal no ha hecho más que empeorar desde que ha pisado el suelo, pero tan solo ha perdido el rastro de la expedición en dos ocasiones. Por suerte Misha, la fiel compañera del medio Ogro, ha podido enderezar sus pasos gracias a su buen olfato.

El camino de la expedición esta marcado por los cadáveres de aquellos que deben morir más de una vez para desparecer y a juzgar por su cantidad creciente, parece que la expedición se encontró con una fuerte oposición al entrar en el cementerio de dragones apenas un día después de aterrizar en Rasganorte.

Por un lado, el Mok’Nathal se alegra de no encontrar mas que restos del Azote, pero debe darse prisa, le llevan demasiados días de ventaja, quizás los próximos restos no sean del enemigo y en el peor de los casos deberá luchar para darles su merecido descanso.