martes, 19 de agosto de 2008

En Tierra Hostil



Conforme los últimos rayos de luz desaparecen, veloz, la implacable sombra se adueña del nevado paisaje, reclamando cada centímetro del firmamento: su dominio no va a ser cuestionado. Los cegadores reflejos glaciales desaparecen, transformándose en una sinfonía de sombras, unas sombras acompañadas de susurros cuyo origen parece burlar a la naturaleza misma.

Fruto de una complicidad aterradora, los vastos y frondosos bosques tan llenos de vida durante el día, desatan el más rotundo de los silencios, su rigor no será transgredido por ninguno de sus habitantes. Han aprendido bien qué supone vivir en Rasganorte.

Este repentino cambio no va a pasar desapercibido para el Ermitaño, cuyo paso se ve constantemente asediado por el implacable viento del norte. Prácticamente incapaz de mantenerse en pie ante la ventisca, lo único que permite al agotado viajero retomar su camino es la certeza de que una estancia nocturna fuera de su refugio le depara obstáculos, aún más incómodos que la furia de los elementos y mucho más letales.

Maldiciéndose por haber tardado tanto en volver, se agarra con fuerza su abrigo de pieles, sintiendo cómo cada ráfaga de viento se clava en sus huesos y sus botas se hacen más pesadas cada vez que consigue avanzar un poco más. Pese a que la nieve ya no le permite ver mas allá del siguiente árbol, espera llegar en cualquier momento a la entrada de su santuario.

Súbitamente, el anormalmente tranquilo entorno cobra vida, revelando abominables siluetas que componen un nuevo paisaje, cuyo sinuoso movimiento no tarda en hacerse evidente. Como si de un baile se tratara, sus macabros participantes describen inexorables pasos, cerrando su cerco alrededor del Ermitaño.

Consciente de la proximidad del peligro, el amenazado viajero recurre a todas sus fuerzas para acelerar su desesperado paso, casi puede correr. Su inquietud se incrementa cuando se da cuenta de que lo que oye no son gritos de sus perseguidores, sino susurros en el interior de su propio pensamiento.

Y no es más que uno de esos susurros lo que provoca una desafortunada caída. Inmediatamente, el Ermitaño siente las fantasmales garras abalanzarse sobre su espalda y es necesaria la mas férrea de las voluntades para convencerse a sí mismo de que lo único que le ha alcanzado, por ahora, es su propio miedo. Gracias a esa certeza consigue rodar sobre sí mismo y recuperar el equilibrio para correr con más fuerza aún.

Irónicamente, tarda varios segundos en darse cuenta de que la abertura en la pared es la entrada a su refugio y no un espejismo producido por su alterada mente, varios segundos que casi le cuestan muy caros. Afortunadamente, consigue ignorar el pavor que le invade para sellar la entrada inmediatamente después de cruzarla.

Como si de un autómata se tratara, coloca uno tras otro los refuerzos para imposibilitar el paso a los ansiosos invasores, ignorando por completo los desesperados rugidos y golpes del exterior. No es hasta que no tiene nada mas con que apuntalar la entrada que el Ermitaño empieza a sentir una molestia en la espalda.

No se sorprende demasiado al comprobar que su abrigo está rasgado a la altura de su espalda, al igual que su vieja armadura, de cuya apertura gotea abundante sangre. Al parecer, las garras no fueron producto de su mente.

2 comentarios:

Els dijo...

Buenísimo y deseando leer cómo continúa. Felicidades Rash!

Drewen dijo...

Brutal...quien será el ermitaño....