jueves, 21 de agosto de 2008

En Tierra Hostil II



Una vez más, Nazgrel maldice en voz alta. Siendo un orco, nunca ha tenido miedo a lanzarse abiertamente al combate, tal y como solían hacer en los viejos tiempos, cuando lo único que movía a su sociedad era la guerra. No obstante, en los últimos años, ha habido grandes cambios y ahora la Horda actúa de manera distinta. Esperar el momento adecuado para actuar puede ser tan importante como la fuerza con que se golpea al enemigo. Desafortunadamente, y pese a las muchas disciplinas que ha llegado a dominar Nazgrel, la paciencia no es una de sus virtudes.

Resignado, baja del puente y se dirige a la cubierta principal, perdido en sus reflexiones. No puede evitar pensar que esta expedición es un completo fracaso pero, aun así, la situación era demasiado delicada para ser ignorada. La decreciente presencia del Azote en los reinos del este había transcurrido de manera relativamente discreta, pero a nadie le ha pasado desapercibida la súbita desaparición de la enorme Necrópolis voladora, Naxxramas, en los reinos del este.

Los más optimistas están convencidos de que se trata de un signo de derrota y forma parte de una retirada, al fin y al cabo, el Azote estaba luchando simultáneamente contra la Alianza, la Horda y la Cruzada Escarlata. No obstante, cualquier analista suficientemente observador podría darse cuenta de que no se trata de una guerra que esté perdiendo el Azote. Más bien al contrario.

-¿Señor?- Un joven orco sacó a Nazgrel de sus divagaciones, no puede evitar preguntarse cómo ha llegado un recluta a una expedición tan vital.

-El vigía informa de que no hay rastro de la señal. Llevamos demasiado esperando y nos estamos exponiendo en exceso, creo que deberíamos seguir el plan y poner rumbo a casa.

El veterano orco alza la vista hacia el puesto del vigía, para comprobar, como de costumbre, que el maldito troll está durmiendo. Nunca le gustaron demasiado.

-¿Intentas decir que debemos abandonar a nuestros compañeros en Rasganorte para salvar nuestro pellejo?

-Señor, nuestras órdenes son muy concretas y ya hace dos días que debimos haber seguido el plan de retirada, ya que obviamente la expedición ha fracasado-. Sin duda por el temblor de su voz, el orco ha tenido que usar la poca valentía que alberga para replicar a un superior.

De repente, Nazgrel descubre que su animosidad también puede extenderse a los orcos. Malditos reclutas.

Gran parte de su expedición está observando la escena, su respuesta está creando expectativas. Su experiencia como líder le sirve para saber lo importante que es demostrar autoridad y confianza en sí mismo, sobretodo en un momento delicado como este.

-Si yo no hubiera confiado ciegamente en mis compañeros en el campo de batalla, puedes estar seguro de que hoy no estaría dándote órdenes, así que aprende cuál es tu lugar y no vuelvas a cuestionar mi liderazgo, a no ser que quieras retarme por él, ¿acaso es eso lo que quieres?

-Señor, yo no...- Nazgrel no puede evitar pensar que jamás ha sido así de cobarde hasta donde su memoria alcanza. Quizás la paz es buena para el alma de la Horda, pero las nuevas generaciones no hacen más que decepcionarle.

Ignorando al orco que no consigue más que tartamudear torpemente una disculpa, se dirige a Flizz, el ingeniero jefe del zepelín. Se trata de un goblin, una raza que, para variar, también le resulta molesta. Aun así, el veterano orco considera a Flizz suficientemente serio como para confiarle la vida de sus hombres.

-Quiero volver a comprobar la costa, mantente suficientemente alto para que no seamos un objetivo fácil.

-A la orden jefe- dijo el diminuto personaje mientras ya se dirigía de nuevo a la sala de máquinas. Toda una lección de disciplina de la mano de una de las razas menos fiables conocidas, menuda ironía.

De repente, el vigía grita algo en la jerga isleña de los trolls -viniendo otro globo tíos. Nazgrel recuerda otro motivo por el que odia al vigía, además de su tendencia a dormir durante todo el día: no entiende ni una sola palabra de lo que dice.

-Ha dicho que otro zepelín se acerca a nuestra posición- dijo Flizz sin apartarse el catalejo del ojo. Otro de los motivos por el que admiraba al goblin era por su profundo conocimiento de tantas lenguas.

-¿La Alianza también ha venido?- Pregunta el orco mientras se ajusta su armadura.

-No, pero tu Jefe parece tener otro plan- Es la respuesta del goblin cuando una ondeante bandera de la Horda aparece en su viejo catalejo.

Una vez están lo suficientemente cerca, ambos zepelines extienden su pasarela de abordaje. Nazgrel se sorprende al ver que no le recibe ningún oficial de la Horda, sino otro ingeniero goblin.

-No esperábamos refuerzos, aunque sin duda no nos van a venir mal.

El goblin se rasca la nuca nerviosamente, un gesto que hace que el orco tenga la certeza de que se equivoca.

-Mira, me han pagado una fortuna para venir hasta aquí y traerle, así que él se queda y yo me voy. No quiero quedarme ni un solo segundo más de lo necesario, esta tierra está maldita.

Una enorme figura surge de la bodega del zepelín y hace parecer al goblin aun más diminuto, al ir cubierto por pieles de animal parece aun más imponente. Nazgrel no tiene prejuicio alguno contra su especie ya que es el único miembro de ella que conoce, y no guarda más que un profundo respeto por su persona. La expedición apenas puede contener la sorpresa ante la llegada del Mok’Nathal.

-Rexxar, campeón de la Horda, es un honor tenerte a bordo.

martes, 19 de agosto de 2008

En Tierra Hostil



Conforme los últimos rayos de luz desaparecen, veloz, la implacable sombra se adueña del nevado paisaje, reclamando cada centímetro del firmamento: su dominio no va a ser cuestionado. Los cegadores reflejos glaciales desaparecen, transformándose en una sinfonía de sombras, unas sombras acompañadas de susurros cuyo origen parece burlar a la naturaleza misma.

Fruto de una complicidad aterradora, los vastos y frondosos bosques tan llenos de vida durante el día, desatan el más rotundo de los silencios, su rigor no será transgredido por ninguno de sus habitantes. Han aprendido bien qué supone vivir en Rasganorte.

Este repentino cambio no va a pasar desapercibido para el Ermitaño, cuyo paso se ve constantemente asediado por el implacable viento del norte. Prácticamente incapaz de mantenerse en pie ante la ventisca, lo único que permite al agotado viajero retomar su camino es la certeza de que una estancia nocturna fuera de su refugio le depara obstáculos, aún más incómodos que la furia de los elementos y mucho más letales.

Maldiciéndose por haber tardado tanto en volver, se agarra con fuerza su abrigo de pieles, sintiendo cómo cada ráfaga de viento se clava en sus huesos y sus botas se hacen más pesadas cada vez que consigue avanzar un poco más. Pese a que la nieve ya no le permite ver mas allá del siguiente árbol, espera llegar en cualquier momento a la entrada de su santuario.

Súbitamente, el anormalmente tranquilo entorno cobra vida, revelando abominables siluetas que componen un nuevo paisaje, cuyo sinuoso movimiento no tarda en hacerse evidente. Como si de un baile se tratara, sus macabros participantes describen inexorables pasos, cerrando su cerco alrededor del Ermitaño.

Consciente de la proximidad del peligro, el amenazado viajero recurre a todas sus fuerzas para acelerar su desesperado paso, casi puede correr. Su inquietud se incrementa cuando se da cuenta de que lo que oye no son gritos de sus perseguidores, sino susurros en el interior de su propio pensamiento.

Y no es más que uno de esos susurros lo que provoca una desafortunada caída. Inmediatamente, el Ermitaño siente las fantasmales garras abalanzarse sobre su espalda y es necesaria la mas férrea de las voluntades para convencerse a sí mismo de que lo único que le ha alcanzado, por ahora, es su propio miedo. Gracias a esa certeza consigue rodar sobre sí mismo y recuperar el equilibrio para correr con más fuerza aún.

Irónicamente, tarda varios segundos en darse cuenta de que la abertura en la pared es la entrada a su refugio y no un espejismo producido por su alterada mente, varios segundos que casi le cuestan muy caros. Afortunadamente, consigue ignorar el pavor que le invade para sellar la entrada inmediatamente después de cruzarla.

Como si de un autómata se tratara, coloca uno tras otro los refuerzos para imposibilitar el paso a los ansiosos invasores, ignorando por completo los desesperados rugidos y golpes del exterior. No es hasta que no tiene nada mas con que apuntalar la entrada que el Ermitaño empieza a sentir una molestia en la espalda.

No se sorprende demasiado al comprobar que su abrigo está rasgado a la altura de su espalda, al igual que su vieja armadura, de cuya apertura gotea abundante sangre. Al parecer, las garras no fueron producto de su mente.